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| Acceso de la estación que da al Parque Berrio |
ÉSTA HISTORIA ES DE HACE CUATRO AÑOS, PERO SIGUE VIGENTE Y CADA DÍA PARECE ETAR EN AUMENTO.
Una crónica sobre una tarde pasada por agua en el Parque de Berrio de Medellin.
Por éstos días no es raro que las mañanas de la llamada “ciudad de la eterna privadera” sean soleadas y calurosas a pesar del invierno drástico que vive el país, pero tampoco es raro que después del medio día el cielo se encapote, las nubes negras aparezcan y los chaparrones asomen por las montañas vecinas para finalmente bañar todo el valle donde está la ciudad de Medellín.
El domingo 28 de noviembre no fue la excepción, durante la mañana hacia sol pero al medio días las nubes negras empezaron a asomarse por las laderas y a las tres de la tarde comenzó a llover.
Desde el día anterior, el sábado, tenía planeado ir al Parque de Berrio, en el centro de la ciudad. La idea era hablar con vendedores de confites, de minutos y con todas aquellas personas que vendieran cosas en la calle y que de ello obtuvieran el sustento. Pretendía escribir pequeños perfiles de los venteros ambulantes.
Llegue en metro hasta la estación Parque Berrio, ahí me quede observando por unos minutos como era el ambiente y de inmediato un ventero me llamo la atención, vendía chiclets. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, moreno, vestía una gorra gris, una camisa que antes debió de ser amarilla, unos pantalones negros y tenía una riñonera y un bolso del mismo color de su gorra.
En los bajos de la estación del metro gritaba,
-Chiclets a cien, a cien, a cien, a cien-
Lo hacía en intervalos de más o menos treinta segundos. Pasaba de mano en mano su pequeño balde aun repleto de cajas de chicle. Lo observé detenidamente por 5 minutos tiempo en el cual solo le vendió una cajita a un comprador desprevenido que quizás tenia mal aliento o quería endulzar la boca.
A las tres y diez minutos las nubes que habían estado cargando desde las doce del día se dejaron caer sobre el parque y los espectadores de los artistas callejeros que a esa hora tocaban y todas las personas que habían en las bancas del parque corrieron a escondérsele a la lluvia debajo del viaducto del metro o arriba en la entrada de la estación.
Cuando la lluvia comenzó y toda la gente corrió, empecé a notar lo que algunos conocidos me habían dicho que sucedía en la parte baja de la estación; jóvenes homosexuales que no pasan de los 20 años que se prostituyen en el lugar. Van allí a captar los clientes, hombres mayores en su mayoría jubilados que desean pasar un rato de lujuria y de placer con jovencitos que apenas empiezan a vivir.
El vendedor de chiclets seguía con sus gritos y mientras tanto la lluvia arreciaba. Los jóvenes prostitutos están distribuidos por toda la parte baja de la estación y los potenciales clientes están lanzando miradas a todos los jóvenes que se encuentran ahí. Cuando algún joven quiere venderse solo detiene la mirada cuando lo miran. El cliente se acerca, hablan un rato y acuerdan los precios, luego cliente y prostituto salen por distintos lugares a uno de los hoteles baratos que se encuentran a no más de cuatro o cinco cuadras del lugar.
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| Esos son los lugares donde es frecuente ver ubicados los prostitutos. |
Con la lluvia la clientela del vendedor de chliclets aumenta y se como vende cajitas a más a menudo. Bajé las primeras escalas que hay al lado norte de la salida sur de la estación y aquí vale la pena explicar cómo está distribuida la estación del metro para que ustedes se ubiquen un poco.
La estación Parque Berrio del metro es una de las mas grandes del sistema, tiene cuatro accesos, dos al extremo norte del Parque y otros dos a todo el frente del que fuera el primer parque publico de la ciudad de Medellín, el Parque Berrio.
Cuando los pasajeros bajan del metro por el extremo norte de la ciudad tienen que hacerlo a través de unas escalas que salen hacia el oriente, luego voltean al occidente para nuevamente salir a oriente. No son largas, y cuando se sale en ese punto es fácil llegar al hotel Nutibara, a la Plazoleta de las Esculturas y al Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe.
Por otro lado está el acceso sur de la estación, cuando los pasajeros salen del sistema lo hacen a una especie de atrio del cual se tiene una panorámica de todo el parque de Berrio, para llegar hasta él basta caminar en dirección oriente y bajar unas pequeñas escalas y listo. Por los extremos sur y norte de este acceso y luego de caminar unas escalas más largas, se baja a la Calle Colombia y a la calle Boyacá respectivamente.
El señor de la camisa amarilla desteñida sigue vendiendo sus chiclets pero ya no grita tan a menudo, quizás porque el tráfico de personas que suben por la calle Boyacá se ha disminuido por motivo de la lluvia. La competencia del señor de los chiclets son otros vendedores, los otros no solo venden chilclets sino cigarrillos y confites variados.
Como mi idea era hablar con todo tipo de personas que ofrecieran productos en la calle, me acerque a una de las vendedoras que en ese momento se guarnecía de la lluvia en el lugar. Con el pretexto de comprarle una caja de chiclets me acerque y entablamos un dialogo, le pregunté sobre el tiempo que llevaba vendiendo chiclets,
-Llevo como 8 años. Dijo sin añadir mas palabras
Era una mujer de unos 25 años de edad pero que se veía cansada, me dijo que era del municipio de Nariño y que hacía 9 años vivía con su mamá en el barrio Enciso al Nororiente de la ciudad. Estudio secretariado medico, pero en ese entonces era menor de edad y no le dieron practicas por lo que no pudo trabajar en ello.
-A mi me va bien vendiendo confites.
Le pregunto que si de una empresa en el centro le dijeran que le iban a pagar el salario mínimo y las prestaciones legales para que trabajará como secretaria, ella que haría. Me dice que seguiría vendiendo confites porque el trabajo de secretaria vale más.
Actualmente estudia belleza en una de las academias que por éstos días abundan en la ciudad, dice que le gustaría ejercer de estilista cuando termine.
-¿Cuanto se gana usted vendiendo esos confites?- Le pregunto
-Eso si no se dice, no le voy a contestar- Me dice.
-¿Por qué no?-Le pregunto
-Porque el que dice cuanto se gana es un bobo, uno no le puede decir a la gente como le va. – Me contesta de cierta manera irritada.
Con un gesto de desprecio en su rostro me dice,
-Ya le colaboré, me tengo que ir-
Hasta el momento no sabía cómo se llamaba, cuando se lo pregunté, me dijo pensándolo, Yesenia y se perdió entre las personas que aguardaban a que escampara y los demás vendedores de minutos y tintos que estaban en el lugar.
Bajo hasta la calle Boyacá con la intención de hablar con el señor de los chiclets pero en ese momento otro personaje, quizás amigo de él, se pone a conversar y hace que postergue mi charla para después.
-Luego hablaría con él- Me dije-
Subí nuevamente a la parte baja de la estación de donde se ve el parque, para ese entonces ya la lluvia había cesado y nuevamente la gente estaba viendo tocar a los artistas que lo hacen todos los días en el parque.
De nuevo note el tema de la prostitución, esta vez ya de las mujeres. Una prostituta de unos 30 años de edad tenía un vestido rosado de flores muy colorido, disimulaba vendiendo tintos. Un hombre mayor que ella se le acercó, hablaron durante unos diez minutos al cabo de los cuales, la mujer entregó el termo a otra mujer que también vendía tintos y se fueron en dirección de la Carrera Palace.
En el parque se ven varias mujeres vendiendo tintos, entre ellas una niña que no debe tener más de doce años y que viste una falta muy corta. Algunas de ellas se dedican a la prostitución y van allí con el pretexto de vender tintos pero la razón de ello es captar clientes.
El vendedor de los chiclets ha vuelto a gritar, su amigo o conocido ya se fue. La venta de su mercancía continúa y yo me voy al extremo sur, al que da a la Calle 50 y al edificio del Banco de la Republica. Me paro a ver como canta uno de los artistas parranderos del lugar. Unas cien personas lo miran tocar y el reclama algo de dinero, pues según dice, ya están en diciembre y él no ve ningún billete en el poncho que ha tendido para que le depositen su pago.
Los jóvenes prostitutos siguen en la parte baja de la estacion, conté unos diez en un momento determinado, pero algunos estaban fuera. Un sujeto de unos 50 años se acerca a uno de ellos y habla con él, al joven solo se le ve mover la cabeza como diciendo que no. Después de unos minutos el mismo sujeto se dirige a otro joven que esta cerca de donde yo estoy, le habla muy pasito, solo escucho que el joven después de menear la cabeza le dice-
-29 ni un peso menos-
Siguen hablando pero descubren que yo los observo y bajan aún mas la voz. De un momento a otro los dos se van juntos por la calle Colombia hacia abajo. El negocio fue concretado.
Un hombre de unos 70 años conversa con un joven a mi derecha, el joven no es prostituto y le dice que está esperando a un amigo. Minutos después y amigo llega y se van juntos. El señor queda solo.
Antes de que se de alguna confusión yo le saludo y le pregunto por sus visitas al parque, me dice que hace 16 años viene, que después que se jubiló debe de hacer algo y que para él, el parque es seguro, por eso viene, según él, a tomarse un tinto y a hablar con amigos dos y tres veces por semana.
-Usted que sabe de éstos pelaos que se prostituyen aquí- Le pregunto.
-Que son unos ladrones, son vividores, al que se descuide lo atracan.
¿Y cuanto cobran? Le interrogó
-Pués ellos le piden a usted 20 y 25, cuando están muy mal hasta por diez se van con usted-Me dice.
A esta altura de la conversación el sujeto que tiene vos de gay quizás piense que yo soy uno de esos jóvenes. Para sacarlo de la duda me le presento y le digo que soy periodista. De inmediato se le nota como pierde el interés en la conversación.
Aquí entre nos, ¿a usted lo han robado esos pelaos? Le digo.
No, no, a mi no pero a algunos amigos que les dan papaya si- Me contesta pero dejando ver que le incomode con la pregunta.
Al preguntarle su nombre me dice que se llama Pobre Ivan. También me contó que es jubilado del municipio de Medellín para el cual trabajo cuidando el estadio Atanasio Girardot. Tiene esposa y tres hijos, según él. Vive en el barrio sucre y cuando le vuelvo a preguntar por la frecuencia de sus visitas al parque me dice que a veces se queda hasta un mes sin venir.
No fue más los datos que me dio, se retiro un poco de donde yo estaba. Un joven prostituto lo saludo y él hablo unos instantes en voz baja. En un momento ambos me miraron y comprendí que mi presencia los intimidaba de cierta manera. No hablaron más y el Pobre Ivan se despidió del joven y de mí y se fue con rumbo al parque, se mezclo con la multitud y desde allí le echo una mirada al joven el cual no la vio. El pobre Iván quizás regreso a su casa o se escondió esperando que yo me fuera para volver y conseguir una cita con uno de los prostitutos.
Tome algunas fotos del atardecer en el parque y regrese al extremo sur para buscar con la mirada más de los prostitutos y sus posibles clientes.
Como la idea era hablar con el vendedor de chicltes volví sobre la calle Boyacá pero la buena suerte no estuvo conmigo, el señor se había marchado instantes antes según me dijeron los demás vendedores.



muy entretenida tu experiencia por Medellin, es un lugar con grandes estructura arquitectonicas.
ResponderEliminarSaludos-Hotel en Medellin
Muy bien!
ResponderEliminarMe gustó, por el hecho de que paso demasiado por esa estación, y no me detengo a observar tantas cosas que pasan. Una vez que pasé por ahí vi a unos hombres viejos hablando de la economía mundial
MUY INTERESANTE TU NOTA, DEBERIAS DE IR POR LA ESTACIÒN PRADO, YA QUE LA SITUACIÒN EN ESTE SECTOR ES BASTANTE PESADA, SON PUROS MENORES DE EDAD Y CHIQUITOS, MUY TRISTE :(
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